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miércoles, 22 de marzo de 2017

La leyenda del lago Titicaca

Dicen las tradiciones orales que el lago Titicaca que hoy en día conocemos, no habría estado tan tranquilo de no ser de unos seres que a continuación les voy a contar:
         En dicho lago habitaban unos seres anfibios, quienes no permitían que la gente lugareña beba, recoja y menos sumergirse en sus aguas. Esas criaturas desde tiempos inmemorables causaban terror y se creían los dueños de nuestro lago Titicaca. Hasta que un buen día, cansados los habitantes que vivían cerca de allí, que les imploraron a sus dioses locales para que intervengan y que expulsen a aquellos demonios. Y tanto fue el ruego, y tanto fue la súplica que aquellos dioses bajaron del firmamento, y se posaron a la altura del nivel de dicho lago, pero sin mojarse.
         -Hemos escuchado vuestras plegarias –exclamaba uno de aquellos dioses-. Estamos enterados del problema diario que sufren a causa de aquellos monstruos marinos.
         -Así es. Somos conocedores de su situación. De tal modo que procederemos a expulsar a aquellas bestias de la faz del antiplano.
         Los pobladores al oír las palabras de aquellas deidades, sintieron un gran alivio. Y estaban expectantes de lo que ocurriera en aquellos momentos.
         -Somos los “Uros”. Estamos aquí desde que esta tierra y este lago aún no existían. Estamos al tanto de todos los problemas y enfrentamientos de este planeta. ¿Dónde y cuándo se aparecen aquellos monstruos?
         -Señores Uros, según sabemos, aquellas criaturas aparecen a veces por las mañanas, pero a veces también nos sorprenden por las noches. De tal modo que vivimos en la angustia de no saber cuándo acercarnos a este lago.
         -Ya veo. Así que no tienen hora de aparición. Muy bien, entonces, escuchen: Nosotros permaneceremos ocultos entre las nubes. Mientras tanto, ustedes estén pendientes sobre la aparición de esos monstruos. Y cuando vean que están visibles, soplen sus cuernos y nosotros bajaremos a hacer justicia.
         Dicho y hecho. Los Uros se escondieron entre unas nubes, y mientras tanto, los pueblerinos estuvieron cerca, muy cerca a aquel lago. Fue entonces, cuando aquellas criaturas sintiendo que invadían “su lago”, hicieron acto de presencia. Y confiados de su temeraria fisionomía y peligrosidad. Sin más miramientos, salieron de las aguas y se disponían a atacar a las personas que estaban cerca. Entonces, conforme a lo acordado, los pueblerinos soplaron como nunca sus cuernos. Y como arte de magia, descendieron al nivel de las aguas una vez más los Uros. Dicho encuentro sorprendió a aquella gente, pero tanto aquellos monstruos como los Uros, estaban tranquilos. Confiando cada cual en sus poderes y fortalezas.
         -Ustedes deben ser las criaturas que espantan y prohíben a esta gente, para que hagan uso de estas aguas.
         -Jajaja, así es. Ya que este es nuestro lago, por tanto, nadie más puede beber, bañarse ni nada parecido.
         -En seguida proseguiremos a borrar esas sonrisas de sus espantosas caras para siempre.
         -Jajaja, ¿de veras? ¿Y cómo lo harán?
         -Nomás abran bien sus ojos.
         Y ante la presencia de los habitantes de aquella parte del antiplano, como de aquellas criaturas, los Uros se convirtieron en gigantes marinos, y sin más comentarios, procedieron a devorar a esos monstruos, ante la vista y paciencia de aquella gente. Una vez que terminaron con el último bocado, volvieron a su tamaño inicial y les aseguraron a aquellos pueblerinos que nunca más serían molestados por aquellas bestias, ni nada por el estilo. Y aquellos pueblerinos estuvieron tan agradecidos, que desde ese día llamaron a la isla de totoras que flota en las aguas del lago Titicaca, con el nombre de “Los Uros”. Y dicha isla, a pesar que el tiempo ha pasado, continúa siendo un lugar turístico, donde llegan muchas personas de muchos lugares, y se siguen admirando, al ver a una isla de totoras que supervive y flota en medio del archiconocido lago Titicaca. Nuestro patrimonio peruano.


Juan Mujica













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