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lunes, 25 de octubre de 2021

Micro-relato 19: Tres elementos: Librería, universo paralelo, centauro


En un club de lectura al que asistían ciertos entendidos de literatura, se reunían los jueves como a la hora del ocaso, para participar y opinar sobre las obras, personajes y autores de libros determinados a analizar. Fue entonces que llegó dicho día y les tocó examinar "La guerra de los mundos" de Herbert G. Wells. Qué exquisita tarea mencionaban casi todos. Analizar a uno de los padres de la ciencia ficción.

-Oigan, imagino que ya todos están "empapados" de la obra que nos toca opinar. ¿Verdad? -exclamó Minerva, quien se sentía afortunada y agradecía con sus padres, por tener tan honorífico nombre de la mitología romana. 

-Así es -expresó Pólux, quien también estaba orgulloso de su nombre relativo a la mitología.

-Pues bien. Si me permiten iniciar esta charla que a propósito, me imagino que a los demás también les habrá sido difícil encontrar este libro de ciencia ficción en la librería. Es un lujo -literariamente hablando.

Fue entonces que los integrantes de este club "El Olimpo", continuaron analizando y comentando la obra elegida. Hasta que llegó la hora en que la mayoría estaban empezando a alucinar. Producto del pisco sour que degustaron, mientras iban haciendo sus comentarios. Sin embargo, uno de ellos, Cástor, hermano de Pólux planteó la idea, que mientras ellos estaban charlando de lo lindo. En un supuesto universo paralelo, ellos mismos estarían en Grecia o Roma. En aquellos tiempos por supuesto. ¿No les parece alucinante estar en aquellos tiempos?, comentó Minerva, con una mirada fuera de lo normal. 

-Claro que sí -opinó Pólux, quien también imaginaba estar viendo a un centauro y a un minotauro enfrentándose. 

Toda esa charla los hizo desviarse del tema elegido. No obstante, sí que lo estaban disfrutando. Pasar de la ciencia ficción a la fantasía. Es como si Julio Verne se diera un abrazo con J.R.R. Tolkien. O que Herbert G. Wells se diera un abrazo con Franz Kafka. ¿No les parece alucinante?


Esgrimista


martes, 30 de marzo de 2021

El centauro de oro (cuento)

 


-¡Oye, fíjate que anoche soñé con… !

-¡Qué casualidad, yo también soñé con un… !

Diálogos como estos se fueron expandiendo por todo aquel pueblo. La cuestión es que, desde los tiempos de Homero, todo aquello que sonara a leyendas o mitos, era considerado como tal. Sin embargo, en lo que respecta a los habitantes de aquel pueblo llamado Cancerbero, aquellos episodios oníricos se fueron realizando ya casi cotidianamente. La autoridad de dicho lugar, le encomendó a sus adivinadores y demás personajes de la magia negra, que deduzcan por qué dicho sueño aparecía y se repetía en todos.

-Es un sueño muy extraño, mi señor…

-Así es. No podemos saber lo que significa o el mensaje que nos quiere dar a todos…

La situación se volvió tan incómoda, que la gente prefería evitar dormir, pero obviamente eso no se puede evitar. No obstante, un buen día apareció la estatua de un centauro; pero no era nada común, ya que se trataba de un centauro de oro. Aquello les causó mucha sorpresa a los pueblerinos de Carcerbero. No obstante, como si fuera cosa de magia, los pueblerinos se contaron unos a otros que habían dejado de soñar con aquel centauro de oro; sin embargo, como cualquier otro cuento, aquí no acababa la cosa. Puesto que, en otra parte del pueblo aseguraron ver otro centauro de oro. Y como si fuera magia, en otro lugar de Cancerbero, otros cancerberinos también manifestaron que vieron a otro centauro de oro. Es decir, que al parecer dicho personaje se había vuelto “ubicuo”, es decir, que estaba en muchas partes a la vez. Por su parte, los adivinadores y los de magia negra, no atinaban a saber qué estaba sucediendo o por qué. Hasta que sucedió lo que nadie esperaba; se aproximó y siguió aproximándose. Trotando y galopando a vista y paciencia de otros. Se trataba del mismísimo centauro de oro; moviéndose y observando a todos los presentes. Por su parte, la autoridad de Cancerbero estaba muy impactado. Con la boca abierta, al igual que muchos pueblerinos, y qué decir de los adivinadores y brujos de la magia negra. Todos veían cómo se aproximaba. Hasta que aconteció lo que nadie esperaba.

-Cancerberinos… calma, calma… que vengo en son de paz -expresó el centauro de oro, observando y observando a todos los presentes, mientras acomodaba sus pasos y preparándose para expresarse.

-¿Quién eres… de dónde vienes,… y qué quieres? -manifestó la autoridad del pueblo, aún impactado por ver a un humaoide con cuerpo de caballo.

-Vengo de muy lejos, muy lejos; soy Equinoccio y pertenezco a una horda de personajes como yo; y en cuanto para qué vine, pues vengo a advertirles sobre la venida de una estampida de minotauros, humanoides gigantes, demonios embravecidos, y toda clase de personajes monstruosos.

         Al oír aquel augurio, los cancerberinos se alarmaron, y fue así que Adalid preguntó a Equinoccio, ¿qué podrían hacer? Y fue así que el centauro de oro le dijo a la autoridad cancerberina su plan. Por tanto, usando su poder, al llegar el día no había pueblerino alguno en Cancerbero. Llegaron todos aquellos minotauros, humanoides gigantes, demonios embravecidos y monstruos en general; y para su sorpresa no vieron a nadie. Por lo cual, siguieron su camino. Pero, ¿qué había pasado?

-¡Qué gran poder tienes Equinoccio! -expresó Adalid lleno de agradecimientos, los cuales se los expresó en nombre del pueblo-. Nunca me había imaginado convertirme en una constelación, al igual que todo mi pueblo.

-No es nada, Adalid. Solo cumplí con mi misión -refirió el centauro de oro.

-¿Volveremos a verte Equinoccio?

-Te aseguro que sí. Cada vez que levanten la mirada ahí estaré.

         Por tal que, dicho y hecho, luego que el centauro de oro partió. Levantaron la mirada y pudieron verlo. Ahí estaba. Equinoccio era ahora una pléyades. Y en agradecimiento, Adalid decretó que, de ahora en adelante, ya no serían cancerberinos, sino centaurinos. En memoria de aquel centauro de oro. Colorín colorado…


Esgrimista

martes, 27 de noviembre de 2012

El centauro bicéfalo



Juan Mujica

Allá entre las cavernas y bosques, entre el terreno de los animales silvestres y seres fantásticos nocturnos, vivía un centauro, pero que además debido a un conjuro mágico lo habían vuelto bicéfalo. Y con aquellas dos cabezas le fue difícil coordinarse al principio. Sin embargo, con la práctica llegó a sobrellevar su castigo. Y hasta llegó a decir:
            -Dos cabezas piensan mejor que una.
Convencido que estaba llevando una vida normal, fue a ver a Fen, el monje de las siete leguas, quien era llamado así por la distancia que acarreaba encontrarlo en sus territorios. Y una vez que yendo a todo galope y balanceando ambas cabezas, lo encontró, no desaprovechó pedirle que deshiciera el conjuro, ya que no soportaba las burlas de los seres fantásticos que se topaban con él y hasta le parecía que las cascadas se mofaban.
            -Por favor monje, líbrame de esta maldición –le decía el centauro bicéfalo.
            -Muy bien centauro. Desharé el conjuro, pero a cambio tendrás que hacerme un favor –le respondió el monje.
            -Lo que sea señor de las siete leguas.
            -Bueno, lo que deseo que hagas es que me traigas a la noche en una botella. Y al día en otra –enfatizó el monje, ante la sorpresa del centauro.
            -Pero mi señor. ¿Qué me estás pidiendo? ¡Eso es imposible! –sostuvo el centauro, viendo sonreír como nunca a aquel villano de las siete leguas.
            De modo que sin más cuestionamientos, el bicéfalo se despidió y se fue. Al tercer día, el centauro volvió ante el monje. Y le preguntó que si importaba en qué momento le mostraba ambas botellas. Y el monje contestó que no importaba. Que le mostrara las botellas a la hora que deseara. Fue entonces que el centauro se volvió a despedir y no se supo de él durante un año. Regresando justo en el día bisiesto y sonriendo, miró en el rostro al monje y le dijo:
            -Jajaja me pediste dos cosas imposibles que hacer. Jajaja por más que pensé a pesar de mis dos cabezas no hallé la forma de contener el día y la noche en sendas botellas. Sin embargo, al igual que en todas partes no hay ser único en su oficio. Así que busqué por todas las tierras a algún hechicero, faltando poco para completarse el año desde que partí. Conocí a otro monje que vivía allá a lo lejos, detrás de las montañas. Su nombre es Xen, y dijo ser tu padre, Fen.
            El monje de las siete leguas, Fen, se asombró de saber de su padre y que le haya ayudado al centauro.
            -Entonces, mi padre Xen te libró de tu maldición. Y puedo saber qué te pidió como favor.
            -Fue sencillo. Pidió que le entregara un retrato tuyo.
            -Pero si a mí jamás me han retratado.
            -Lo sé, pero como él no especificó el lienzo. Le hice ver tu semblante en unas nubes que pasaban cerca. Y al verlas, me confirmó que efectivamente estaba viendo tu rostro. Es por ello que ahora me ves con una sola cabeza. Tu padre te extraña y fue tu recuerdo quien me quitó la maldición.
            -Gracias centauro, pero dime… dónde encontraste a Xen, mi padre.
            -Con gusto te lo diré pero primero un favor…

sábado, 13 de noviembre de 2010

Guk, el centauro

Juan Mujica

Cierto día de luna llena, los gigantes cíclopes sorprendieron a Guk, el centauro, muy cerca de sus cavernas, así que lo rodearon y con sus enormes y puntiagudas macanas amenazaban con hacerlo trizas. Sin embargo, su amigo Hak, el minotauro, quien pasaba por ahí, al verlo en problemas lanzó un feroz bramido que en realidad era un llamado de auxilio a las manadas de minotauros que anduvieran cerca de allí. En efecto, a los dos minutos, mientras los dos seres mitológicos intentaban no ser golpeados por los gigantes cíclopes, hicieron su aparición tres ejércitos de minotauros. Entre tanto, Guk, no tuvo más remedio que dar su respectivo llamado de auxilio, pero nadie aparecía. 

Por lo que los tres ejércitos arremetieron ferozmente contra los gigantes cíclopes. No obstante, estos últimos también colisionaron con ferocidad ante los hombres toro. Y en cuestión de minutos yacían numerosos cuerpos ensangrentados. Así que la batalla había sido ganada por los titanes con macana. Y cuando ya nada había que hacer sino morir, aparecieron ocho ejércitos de centauros, que por su gran número atropellaron, golpearon y molieron a los ingentes cíclopes. Aquella sorprendente ayuda, conmocionó a Guk, y se preguntaba por qué lo ayudaron. Y al oír su pregunta, luego de una pausa, oyó el sonido de las olas que lo despertó. Regresando  al mundo real.