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Cuentos del parnaso

sábado, 10 de septiembre de 2016

La función debe continuar

Lejos quedaron aquellos tiempos en que aquel circo, conformado por personajes como el dueto de enanos, el hombre fortachón, la contorsionista, la bruja de la bola de cristal, los equilibristas, y el mago y el payaso, hacían de cada presentación un éxito rotundo. Sin embargo, de tal manera como iba triunfando, su dueño, el cirquero, también se iba relacionando con personajes de alto calibre. Y fue en una de esas “reuniones de negocios” que tuvo un altercado con un par de brujos, a quien el cirquero no quiso aceptar para que se incorporaran al staff de artistas con que contaba.
Y fue tanta su indignación que juraron maldecir su negocio. Y que nunca más volvería a saborear los éxitos que hasta ahora gozaba. Se despidieron con un estentóreo portazo y no supo más sobre ellos. No obstante, Casimiro, hizo como si ya no recordara aquel suceso y no lo comentó con nadie.
            -Muchachos…¿qué pasa? Ya va a empezar la función. ¿Por qué no están cambiados? –exclamó Casimiro, acomodando su sombrero de copa y sujetando su bastón de la suerte.
            -Míster, lo que pasa es que desde hace unos días hemos sentido que cuando no hay público, se perciben unos sonidos extraños. Unas risitas ofensivas. Como si penaran dentro del circo –pronunció uno de los enanos.
            -Sí don Casimiro, todos los hemos sentido. Es muy extraño. Incluso cuando hay público. También lo hemos sentido. Quizá el público no lo ha percibido, pero nosotros sí. Por eso tenemos temor de continuar –expresó el hombre fortachón, un tanto avergonzado y mirando al piso y luego al dueño del circo.
            -¿No me digan que temen a esos sonidos? Eso es absurdo –exclamó don Casimiro, paseando la mirada por todos los integrantes.
            De tal modo que todos sus trabajadores presentaron su renuncia y abandonaron las instalaciones de ese “circo maldito” como ellos lo llamaban. Solo dos de ellos se quedaron, y fue porque eran hijos del dueño. El payaso y el mago. Dos personajes distintos, pero a la vez con el mismo propósito: divertir al público.
            Fue entonces que don Casimiro les dijo que el circo no podía abrir con tan solo dos artistas. Así que tuvo la idea que sus dos hijos tuvieran presentaciones a domicilio. La idea era radical, pero al mismo tiempo factible. Y mientras don Casimiro los contactaba con mucha gente que requería de sus servicios, ellos llegaron a acostumbrarse a realizar sus “shows” de esa manera.
            Sin embargo, llegó el momento en que el dueño del circo escuchó entre sueños, las voces de aquellos brujos, que le recordaban sobre su maldición, y perdiéndose aquella alocución con dos risitas. Tal revelación hizo dubitar a Casimiro, pero no quiso comentarlo con sus dos hijos artistas. Aquel par de “deleitadores” prosiguió con lo suyo, respectivamente. Hasta que llegada una luna llena. El payaso, luego que su público infantil se desternillara de risa, prosiguió con su letal consigna. De igual manera pasó con su hermano, el mago. Este último, luego de muchos aplausos, prosiguió con hacer desaparecer a su público. Terminando aquella noche, solo quedaban los restos de sangre, de aquellos espectadores que querían ser sorprendidos y eso tuvieron: una gran sorpresa en los dientes de aquellos artistas antropófagos. Por su parte, Casimiro prosiguió, siendo cómplice de aquellas funciones malditas, y mientras tanto, seguía escuchando las risitas de los brujos que lo culpaban por sus dos hijos artistas “comepúblicos”.

Juan Mujica


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